
Hijo mío, si has salido fiador de tu vecino, si has hecho tratos para responder por otro, si te has comprometido verbalmente, enredándote con tus propias palabras … No permitas que se duerman tus ojos; no dejes que tus párpados se cierren. Proverbios 6:1-2, 4
El apretón de manos de Diego fue firme, su sonrisa, contagiosa.
“Júlio, no eres solo un amigo, eres un hermano. ¡Estás salvando mi sueño!”, dijo él, desde el otro lado de la pulida mesa del gerente del banco.
Júlio sintió una punzada de incomodidad, una pequeña sirena que sonó en algún lugar en el fondo de su mente. Pero la ignoró. ¿Cómo podría decir “no”? Diego era su amigo de la infancia, el padrino de su hija. Y el negocio parecía tan prometedor: una cafetería gourmet en un barrio de moda. Júlio, un funcionario público con una vida estable y ahorros bien guardados, parecía el avalista perfecto.
“Es solo una formalidad, tío. El banco lo exige”, había dicho Diego. Y Júlio, atrapado por las palabras de un amigo, firmó el contrato.
En los primeros meses, todo parecía ir bien. Diego publicaba fotos de la cafetería llena, de las tazas de café con dibujos elaborados, de las reseñas de cinco estrellas. Júlio se sentía orgulloso, parte de ese éxito.
La primera llamada llegó un martes por la tarde. Era del banco. Una voz educada, pero firme, le informó de que la cuota del préstamo de Diego estaba atrasada.
“Es solo para que esté al tanto, como avalista”.
Júlio llamó a Diego, quien se rio.
“Ah, tío, relájate. Fue solo un problema con el flujo de caja. Ya lo resuelvo”.
Pero la llamada se repitió al mes siguiente. Y al otro. La voz del banco ya no era tan educada. El sueño de Diego se estaba convirtiendo, sutilmente, en la pesadilla de Júlio.
Comenzó a perder el sueño. Cada vez que su teléfono sonaba, su corazón se disparaba. Se veía atrapado en un lazo que él mismo había ayudado a atar. Era el animal que, por ingenuidad, había metido la cabeza en la trampa del cazador.
La situación llegó a su clímax cuando llegó una carta oficial: una notificación de ejecución de deuda. El banco iba a por los bienes de Júlio. El pánico se lo tragó. Su apartamento, el futuro de su familia, todo lo que había construido con tanta prudencia estaba en riesgo por una firma.
Fue a la cafetería. El lugar estaba casi vacío. Diego, antes vibrante y confiado, parecía abatido y evasivo.
“¡Júlio, te juro que encontraré una solución!”, prometió, pero sus palabras sonaban huecas.
Esa noche, Júlio no durmió. Daba vueltas por su sala. Ya no podía esperar a que Diego lo resolviera. Necesitaba actuar.
A la mañana siguiente, humillado, fue a ver al gerente del banco.
“¿Cuál es mi situación? ¿Qué necesito hacer para librarme de esto?”.
El gerente fue directo. La deuda era alta. La única forma de librarse del lazo era pagarla.
Júlio pasó la semana más difícil de su vida. Tuvo que sacar la mayor parte de sus ahorros, el dinero que guardaba para la universidad de su hija. Vendió su coche. Le pidió un pequeño préstamo a un primo. Se humilló, suplicó, corrió contra el tiempo.
Al final, con un cheque bancario en las manos, saldó la deuda de Diego. La sensación no fue de alivio, sino de un profundo y amargo agotamiento.
Encontró a Diego en la puerta del banco. Le entregó el comprobante de pago.
“He pagado”, dijo Júlio, con la voz desprovista de emoción. “Estoy libre. Y tú también”.
Las lágrimas corrieron por el rostro de Diego.
“Lo siento mucho, Júlio. Te lo devolveré, lo juro…”.
“No, Diego”, interrumpió Júlio, no con rabia, sino con una fría tristeza. “No lo harás. Porque nuestra amistad no ha sobrevivido a esto”.
Júlio dio media vuelta y se fue. Había perdido a un amigo y una gran parte de sus ahorros. Pero, mientras caminaba hacia casa, sintió algo que no sentía desde hacía meses. Una ligereza. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, apoyó la cabeza en la almohada y durmió. Un sueño profundo, sin ensoñaciones. Había escapado. La presa, herida y más sabia, estaba finalmente libre de la mano del cazador.
(Hecho con IA)
Este cuento es parte de mi libro Sabiduría Diaria
https://books2read.com/u/bpPxxE
