miércoles, 7 de enero de 2026

Las Cuerdas Invisibles

Nuestros caminos están a la vista del Señor; él examina todas nuestras sendas. Al malvado lo atrapan sus malas obras; las cuerdas de su pecado lo aprisionan. Morirá por su falta de disciplina; perecerá por su gran insensatez. Proverbios 5:21-23

El diputado Armando Bastos se movía por el mundo con la confianza de un hombre que no dejaba rastro. Era un maestro en el arte de la doble vida. En público, era el defensor de la familia y las buenas costumbres, su imagen cuidadosamente cultivada en discursos encendidos y fotos con su sonriente esposa. En secreto, era un hombre de apetitos voraces: negocios ilícitos cerrados en salas reservadas, promesas de campaña intercambiadas por favores y un discreto apartamento al otro lado de la ciudad para encuentros clandestinos.

Él creía que el poder era su escudo. Su inteligencia, su capacidad para manipular y anticiparse a los demás, lo convertía, en su propia mente, en invisible. No pensaba en los “ojos del Señor”; los únicos ojos que le importaban eran los de las cámaras y los votantes, y a esos sabía cómo engañar.

No se daba cuenta de que cada acto deshonesto, cada mentira contada, cada promesa rota, era un hilo más que se tejía. Hilos finos e invisibles al principio, pero que, juntos, comenzaban a formar una cuerda gruesa y resistente.

Las cosas empezaron a complicarse de forma sutil. Un asesor de confianza, el único que conocía a fondo sus negocios, dimitió abruptamente, alegando “motivos personales”. Armando sintió un escalofrío. ¿Habría hablado de más?

Luego, durante una entrevista de radio, el periodista le hizo una pregunta inesperadamente específica sobre un contrato con sobreprecio. Fue un roce de bala, que logró desviar con su retórica habitual, pero que lo dejó sudando frío. ¿Cómo se había filtrado esa información?

Se sentía observado, pero no había nadie allí. Era como si el propio universo estuviera conspirando para exponer sus secretos. Empezó a ver amenazas en todas partes. Se volvió paranoico, revisando sus conversaciones, comprobando sus extractos bancarios, desconfiando de su propia sombra. El hombre que se creía libre era, en realidad, un prisionero del miedo.

El nudo final no lo ató un enemigo político, sino sus propias acciones. En su prisa por encubrir una de sus aventuras, usó su móvil personal para enviar un mensaje que debería haber sido borrado. Se olvidó de que el dispositivo estaba sincronizado con la tableta de la familia.

Esa noche, su esposa, mientras ayudaba a su hijo con una tarea escolar, abrió el historial de mensajes y lo vio todo. La cuerda, tejida durante meses de engaño, finalmente lo atrapó.

La ruina no fue un escándalo público inmediato. Fue el silencio helado de su esposa. Fue la mirada de decepción en su hijo. Fue el derrumbe de su vida familiar, el único pilar que, en secreto, todavía valoraba. Su mundo, que parecía tan sólido, era una farsa mantenida por mentiras que ahora se deshacían.

Sentado en su suntuoso despacho, miró por la ventana la ciudad iluminada. Siempre se había sentido por encima de todo aquello. Ahora, se sentía aplastado. No fue destruido por una investigación o por un adversario. Fue detenido por sus propias maldades. Cada elección equivocada, cada camino incorrecto, se había convertido en un hilo de la cuerda que ahora lo asfixiaba.

Murió sin instrucción, como dice el proverbio. Murió para la vida que conocía, no por falta de inteligencia, sino por exceso de locura. La locura de creer que podía vivir en las sombras, olvidando que hay ojos que lo ven todo, y que, al final, cada hombre es prisionero de las cuerdas que él mismo teje.

(Hecho con IA)

Este cuento es parte de mi libro Sabiduría Diaria

https://books2read.com/u/bpPxxE

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