miércoles, 10 de junio de 2026

Los Dos Herederos

El hijo sabio es la alegría de su padre; el hijo necio es el pesar de su madre. Las riquezas mal adquiridas no sirven de nada, pero la justicia libra de la muerte … Las manos ociosas conducen a la pobreza; las manos hábiles atraen riquezas. El hijo prevenido se abastece en el verano, pero el sinvergüenza duerme en tiempo de cosecha … La riqueza del rico es su baluarte; la pobreza del pobre es su ruina. El salario del justo es la vida; la ganancia del malvado es el pecado … La bendición del Señor trae riquezas, y nada se gana con preocuparse … Como vinagre a los dientes y humo a los ojos es el perezoso para quienes lo emplean. Proverbios 10:1-2, 4-5, 15-16, 22,26

La muerte de Mário Medeiros dejó a sus hijos, Tomás y Vicente, más que nostalgia: dejó la “Maderera Medeiros”, una empresa con cincuenta años de historia, polvo de serrín en el aire y una reputación tan sólida como el roble que vendían. En su lecho de muerte, Mário le hizo una última petición a su esposa, Ester: “Cuida de que honren nuestro nombre”. Ester, ahora la silenciosa matriarca de la familia, sentía el peso de esa promesa.

Tomás, el mayor, era el hijo que avergonzaba. No por maldad, sino por una pereza crónica, una aversión al trabajo que era una afrenta directa a la memoria de su padre. Veía la maderera no como un legado, sino como un cajero automático. Era el que dormía en la cosecha, llegando tarde, delegando sus responsabilidades y pasando más tiempo en largos almuerzos de “networking” que en el patio con los empleados. Su mano era negligente, y bajo su breve gestión, los pedidos comenzaron a retrasarse y la calidad a decaer. Era la tristeza de su madre, un recordatorio constante de la ausencia de su marido.

Vicente, el menor, era el hijo sabio. Tenía el fuego de su padre en los ojos y el amor por la madera en las manos. Para él, cada tablón de caoba, cada viga de peroba, era una historia que contar. Su mano era diligente. Era el primero en llegar y el último en irse. Pasaba sus días en la planta de producción, al lado de los empleados, con el olor a serrín impregnado en la ropa. Era el que recoge en verano, cerrando nuevos contratos, optimizando el inventario, asegurando que la palabra “Medeiros” continuara siendo sinónimo de calidad. Era la alegría de su madre, un reflejo vivo del hombre que tanto amó.

La tensión entre los hermanos era palpable. Tomás, sintiéndose menospreciado por la ética de trabajo de Vicente, comenzó a buscar atajos.

“¡Necesitamos dinero rápido, Vicente! ¡Modernizar, expandir!”, argumentaba.

El “dinero rápido” llegó en la forma de un proveedor dudoso, que ofrecía madera de origen ilegal por un precio muy por debajo del mercado. Eran los tesoros de la impiedad.

“Nadie se va a enterar. Es nuestra oportunidad de dar un salto”, insistió Tomás.

Vicente fue inflexible.

“Papá nunca trabajó con gente así. Nuestro nombre vale más que una ganancia fácil. El trabajo honesto nos da una vida tranquila, Tomás. Lo que propones nos llevará al crimen y a la ruina”.

La discusión culminó en la separación. Con la mediación de Ester, la empresa fue dividida. Tomás se quedó con el patio principal y la maquinaria más nueva, cambiando el nombre a “Medeiros Prime”. Vicente se quedó con un antiguo almacén y algunas máquinas viejas, fundando “Medeiros Legado”.

En los primeros años, el camino de Tomás pareció triunfar. Usando madera barata y prácticas comerciales agresivas, consiguió contratos con grandes constructoras, inundando el mercado con precios bajos. Compró un coche de lujo, un apartamento en la playa. Sus bienes se convirtieron en su certeza, una fortaleza de arrogancia desde la cual se burlaba de su hermano. La riqueza de Tomás, sin embargo, no venía sin dolores. La ansiedad de ser descubierto, las noches mal dormidas, las constantes amenazas de sus “socios” de negocios.

Vicente, por su parte, enfrentó tiempos difíciles. La ruina de los pobres es su pobreza, y tuvo que luchar para recuperarse. Pero tenía algo que el dinero de Tomás no podía comprar: una reputación inmaculada y la lealtad de sus empleados, que lo siguieron por admiración, no por necesidad. Se enfocó en un nicho de mercado: muebles de alta calidad, madera certificada, atención personalizada. Su riqueza crecía lentamente, pero era sólida, construida sobre la bendición del Señor, y no traía consigo los dolores de la ilegalidad.

La tormenta llegó, como siempre llega. Una gran operación policial contra la tala ilegal de madera barrió el sector. El nombre de “Medeiros Prime” estaba en el centro del escándalo. Las cuentas de Tomás fueron bloqueadas, el patio clausurado, la maquinaria incautada. Sus “tesoros de la impiedad” de nada le sirvieron. Al contrario, se convirtieron en su ruina. La certeza que había construido era un castillo de arena, y la marea de la justicia lo deshizo en una sola noche.

Desesperado y sin un céntimo, Tomás buscó a su hermano. Encontró a Vicente en el almacén, ahora reformado y lleno de actividad, supervisando la entrega de un gran pedido. El olor a madera honesta llenó los pulmones de Tomás, y era un perfume que no sentía desde hacía mucho tiempo.

Vicente no lo recibió con un “te lo dije”. Lo recibió con la tristeza de un hermano.

“Lo he perdido todo”, dijo Tomás, con la voz entrecortada.

“No”, respondió Vicente, mirando alrededor de su próspera, aunque modesta, empresa. “Perdiste lo que, para empezar, no era tuyo. Lo que se construye con justicia… eso libra de la pérdida y de la destrucción”.

No hubo un rescate financiero. Pero Vicente le ofreció a Tomás un trabajo. Un nuevo comienzo. Un lugar para trabajar con las manos y, quizás, reconstruir no su fortuna, sino su honor. Esa tarde, Ester visitó el almacén y vio a sus dos hijos trabajando codo con codo por primera vez en años. Uno que le había traído tristeza, y otro, alegría. Y en su corazón de madre, sintió la esperanza de que la bendición del Señor, que enriquece y no añade dolores, pudiera, finalmente, alcanzar a toda su familia.

(Hecho con IA)

Este cuento es parte de mi libro Sabiduría Diaria

https://books2read.com/u/bpPxxE

miércoles, 27 de mayo de 2026

El fin

Señor, mi hora está llegando.

Mi tiempo de vida se está acabando.

No hay nada más que pueda hacer,

Yo sé que este es mi momento de fallecer.


Yo muero, pero muero muy feliz,

Sé que muchas cosas buenas, yo hice.

En mi vida, nada me faltó.

Yo siempre estaba junto con el Señor.


Un día estaba perdido por el mundo,

Era el mejor ejemplo de vagabundo.

Mis actos no traían ninguna alegría,

Perturbar a otros, era lo que yo quería.


Pero el Señor vino para los perdidos,

Salvó mi vida y me liberó de los peligros.

Todos mis pecados han sido perdonados,

Y hacia una vida decente, estaba siendo llevado.


Todo mi comportamiento, el Espíritu Santo cambió,

Donde habitaba solo maldad, el amor abundó.

Nunca más quise servir al pecado.

De aquel tiempo en adelante, era un hombre salvado.


El restante de mi vida, al Señor, dediqué,

En muchas obras para Dios, yo trabajé.

Fue a muchos lugares, a mucha gente prediqué,

Muchas almas para Dios, yo gané.


Ahora despido me de todos mis amados,

No estén tristes, voy hacia el Padre amado.

La muerte, yo no necesito temer,

Sé que allí estará Dios para me acoger.


En el camino de Dios, ustedes deben seguir,

Así, en la eternidad, vamos a nos reunir.

Hasta pronto, mi tiempo ya acabó,

Reciba ahora mi espíritu, ¡oh, Señor!


Este poema es parte del libro Poesía Cristiana volumen III.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Tiempo de desolación

Hay momentos en que estamos arrasados,

Todos nuestros pilares fueron derribados.

Nuestra casa parece estar asolada.

Nuestras estructuras fueron dañadas.


Somos expulsados de nuestra tierra,

Enviados a un terrible cautiverio.

Colocados bajo grandes tribulaciones.

Quedamos subyugados, bajo pesadas opresiones.


Nuestros ojos se deshacen de tanto llorar,

Pensamos: ‹‹¿Qué mal hicimos para que eso sucediera?››

En vano utilizamos el tiempo para cuestionar,

Pues en lo íntimo, sabemos la razón por todo eso pasar.


Fuimos desobedientes con nuestro Señor,

Rompemos su santa alianza.

Y cometemos muchas maldades y abominaciones.


Antes de dejarnos en aprieto,

Mucho nos avisó y tardó en desviar su amor.

De muchas maneras, Dios nos intentó quebrantar.

Dios siempre esperó que pudiésemos cambiar,

Y para su ley, fuésemos regresar.

El Señor se demoró en enojar.


Vino mucha gente en su nombre,

Pero no hemos querido oírlos,

Preferimos las falsas palabras de la gente.

Ahora pagamos caro por eso...


Mismo con tanta desolación y horror,

Tenemos esperanza en la misericordia del Señor,

Esperamos su perdón y reconciliación,

Pues sabemos que es un Dios de amor.


Este poema es parte del libro Poesía Cristiana volumen I.

miércoles, 22 de abril de 2026

Aguas Robadas

La mujer necia es escandalosa, frívola y desvergonzada … ¡Las aguas robadas saben a gloria! ¡El pan sabe a miel si se come a escondidas! Pero estos ignoran que allí está la muerte, que sus invitados caen al fondo de la fosa. Proverbios 9:13, 17-18

Enzo florecía bajo la tutela de Doña Eliana en el Proyecto Siete Pilares. La carpintería le había dado un oficio; la programación, un futuro. Pero la Insensatez, como una mujer ruidosa y seductora, no había renunciado a él. Se sentaba a la puerta de su antigua vida, en el viaducto sobre la vía del tren, y lo llamaba.

Su voz era la de Cadu, su antiguo amigo.

“¿Qué pasa, Enzo, desaparecido?”, dijo, abordándolo a la salida del proyecto. “¿Todavía en esa escuelita de la abuela? La vida de verdad está pasando aquí fuera”.

Cadu era el portavoz de la “mujer necia”. Era alborotador, lleno de promesas de emoción fácil y ganancias rápidas. No sabía nada sobre construir, solo sobre tomar.

“Vente con nosotros esta noche”, invitó Cadu, con voz baja y conspiradora. “Hay un chanchullo nuevo. Dinero fácil. La pasta fácil es mucho mejor que la que se gana con sudor”.

El “chanchullo” era simple y peligroso: usar una aplicación de clonación de tarjetas para hacer compras en línea. Las “aguas robadas”, el dinero que no les pertenecía, parecían dulces. La emoción de lo prohibido, la adrenalina del secreto, era lo que la Insensatez ofrecía.

Enzo sintió la atracción. La vida de trabajo duro, aunque gratificante, era lenta. La promesa de Cadu era un atajo tentador, un destello de la vida de consumo que veía en las redes sociales.

Dudó. La voz de la Sabiduría, la calma y la firmeza de Doña Eliana, resonaba en su mente. Pero la voz de la Insensatez era más alta, más urgente, más seductora.

“Es solo una noche, Enzo. Nadie se va a enterar”, insistió Cadu.

Esa noche, Enzo se encontró de vuelta en su antiguo mundo, pero ahora era diferente. Veía las cosas con más claridad. Se sentó con Cadu y los otros en un sótano oscuro, iluminado solo por las pantallas de los portátiles. El aire estaba cargado con el olor a humo y la energía febril de la transgresión.

Se reían, alardeando de los productos caros que estaban “comprando”. Pero Enzo no podía reír. Miraba los rostros de sus amigos, animados por la emoción del momento, y no veía vida. Veía un vacío. Eran ruidosos, pero sus almas estaban en silencio.

Pensó en el taller de carpintería, en el olor a madera, en la satisfacción de crear algo con sus propias manos. Aquello era vida. Pensó en la pantalla del ordenador en Siete Pilares, donde construía códigos para ayudar a la gente. Aquello era vida.

Lo que estaba sucediendo en ese sótano… no era vida. Era su opuesto.

De repente, la puerta del sótano se abrió con un estruendo. Dos policías, con linternas cegadoras, irrumpieron en el lugar. El pánico estalló. Cadu intentó correr, pero fue derribado. La risa se transformó en gritos, la emoción en terror.

Enzo, que no había participado activamente, fue llevado junto con los demás. En la comisaría, bajo la luz fría e impersonal, miró a sus amigos. Ya no eran los fanfarrones del viaducto. Eran solo chicos asustados, esposados.

Uno de los policías, un hombre mayor con una mirada cansada, miró a Enzo. “No pareces ser como ellos, chico. ¿Qué estabas haciendo allí?”.

Enzo no pudo responder. Estaba viendo, con una claridad terrible, el secreto de la casa de la Insensatez. Su banquete era un fraude. Sus invitados no eran los listos, los geniales. Eran los muertos. Muertos en sus sueños, muertos en su libertad, muertos en su futuro.

Doña Eliana fue a buscarlo a la mañana siguiente. No lo reprendió. Solo lo abrazó, un abrazo que decía “bienvenido de vuelta a la vida”.

Mientras se alejaba de la comisaría, Enzo miró hacia atrás. No sabía qué pasaría con Cadu y los otros. Pero sabía que había estado en las profundidades del infierno y que, por los pelos, había escapado. Las aguas robadas podían parecer dulces por un instante, pero el sabor que dejaban era el de la muerte. Y él, ahora, solo tenía sed de la fuente de la vida.

(Hecho con IA)

Este cuento es parte de mi libro Sabiduría Diaria

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miércoles, 8 de abril de 2026

Falsos dioses

Hay cosas que la gente siempre va a adorar,

Puede ser una imagen u otras cosas.

Adoran inútilmente, pues en ellos, poder no hay.


Las imágenes tienen boca y no pueden hablar,

Oídos que no pueden escuchar.

Ni espíritu para responder.

Quedan siempre paradas y nada pueden hacer.


Son obras de hombres pecadores,

Que las hacen para multiplicar los adoradores,

En madera, piedra o metal,

Ellas son hechas para la multiplicación del mal.

Pues hay solamente uno que debemos adorar:

¡El Señor Dios!

Nuestro clamor, Él puede escuchar,

Solamente para Él debemos orar.

Solo el Dios Todopoderoso todo puede cambiar.


No busque a dioses hechos por humanos,

Son solamente malas obras de hombres mundanos.

Son una abominación para el verdadero Señor,

Él desea de nosotros la pura alabanza y amor.


Alabe solamente al verdadero Dios,

Él nunca nos va a desamparar,

Solo Él puede salvarte, y hacia la vida eterna, te llevará.


Este poema es parte del libro Poesía Cristiana volumen I.

sábado, 4 de abril de 2026

Retribución

Algunos practican el mal sin se preocupar,

Piensan que en sus vidas nada ocurrirá.

En sus corazones, las intenciones malignas van a brotar,

Viven maquinando maldades para practicar.

Ejecutan sus malas obras sin se importar.


Este pensamiento inconsecuente está errado,

Por todo lo que hizo, cada uno será recompensado.

Nada de lo que fue hecho quedará en la impunidad,

El Señor retribuirá conforme a su verdad.


Aquel que fue bueno, con el bien, Dios pagará,

El que practicó la maldad, muchos males recibirá.

Esa es la verdadera justicia venida del Señor,

De toda la tierra, Dios es el juez y gran legislador.


De la gran justicia de Dios no hay cómo escapar,

Dondequiera que la persona esté, Él la alcanzará.

Por eso es imprescindible practicar la bondad,

De lo contrario, recibirá en su vida gran maldad.


Antes de que el Señor ejecute su juicio,

Él aún da una oportunidad para cada hijo.

Dios le dice a su hijo que se arrepienta y cambie,

Así, su justicia divina Él la va a suavizar.

Incluso suavizando, la retribución sucederá.


Este poema es parte del libro Poesía Cristiana volumen VII.

jueves, 2 de abril de 2026

El Reflejo en el Espejo

El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor; conocer al Santo es tener discernimiento … Si eres sabio, tu premio será tu sabiduría; si eres insolente, solo tú lo sufrirás. Proverbios 9:10,12

Cinco años habían pasado desde el día de la fatídica evaluación de desempeño. Para Adriano, fueron años de crecimiento constante. Ahora era el Director Creativo de la agencia, ocupando el antiguo despacho de Maurício, que se había jubilado. Su sabiduría no era solo técnica; aprendió que el temor del Señor, la humildad de reconocer que no lo sabía todo, era el verdadero principio de su viaje. Lideraba a su equipo con la misma apertura y respeto con los que aprendió a recibir la crítica. Su vida era un testimonio silencioso de que la sabiduría que buscó era para su propio bien, una fuente de paz y prosperidad.

Ronan, por otro lado, se había convertido en un nómada profesional. Pasó por tres agencias diferentes en cinco años, dejando un rastro de conflictos y proyectos inacabados. En cada lugar, la historia se repetía: un inicio prometedor, seguido de la incapacidad para aceptar críticas, la creación de un ambiente tóxico y, finalmente, una salida amarga. Él era el burlón y el arrogante, y la factura de su arrogancia estaba llegando, pesada y exclusivamente para él.

Su encuentro tuvo lugar en un evento de la industria, uno de esos cócteles ruidosos donde todos lucen sus mejores sonrisas y tarjetas de visita. Adriano estaba rodeado de jóvenes diseñadores que lo escuchaban con admiración. Ronan estaba apoyado en un rincón, solo, observando la escena con un vaso de whisky en la mano y un cinismo familiar en la mirada.

“Vaya, vaya, si no es el gran jefe”, dijo Ronan, acercándose, con la voz cargada de una ironía que apenas ocultaba la amargura. “Subiste rápido, ¿eh, Adriano? Le hiciste la pelota a la persona adecuada, imagino”.

Adriano se giró, y la sonrisa en su rostro no vaciló. No había en él arrogancia, solo una calma genuina.

“Hola, Ronan. Me alegro de verte. ¿Cómo estás?”.

La simple pregunta desarmó a Ronan. Esperaba una confrontación, un cruce de pullas. Pero Adriano ya no estaba en ese juego.

“Estoy bien”, mintió Ronan. “Abriendo mi propia agencia. Me cansé de trabajar para gente incompetente”.

Adriano solo asintió con la cabeza, sin juzgar.

“Te deseo éxito”. Y con un educado apretón de manos, se disculpó y volvió a su conversación.

El encuentro, que duró menos de un minuto, fue suficiente para sacudir a Ronan. La paz de Adriano, su tranquila confianza, era un contraste brutal con la tormenta que existía dentro de él.

Más tarde, esa noche, Ronan llegó a su pequeño y desordenado apartamento. La “propia agencia” era solo una idea, un farol para enmascarar el hecho de que lo habían despedido de nuevo la semana anterior. Se miró en el gran espejo de la sala, uno de los pocos muebles que quedaban de su época de gloria.

Y, por primera vez, no vio al genio incomprendido. Vio a un hombre de cuarenta años, cansado, solitario y con miedo. Recordó aquel día en el despacho de Maurício. Recordó a Adriano. Todas las excusas que había construido a lo largo de los años —jefes malos, compañeros envidiosos, mala suerte— se derrumbaron.

La verdad lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. Nadie le había hecho aquello. Ni Maurício, ni Adriano, ni el “sistema”. Él, y solo él, había soportado el peso de su propia arrogancia. Esta había sido un ancla, manteniéndolo atascado en el mismo lugar mientras el mundo a su alrededor avanzaba. Su negativa a aprender había sido su sentencia.

El hombre en el espejo lo miraba fijamente, y no había a dónde huir. La sabiduría que Adriano abrazó lo había elevado. La arrogancia que Ronan eligió lo había hundido. Y, en el silencio de su apartamento, finalmente entendió la verdad más solitaria de todas: la cosecha de nuestras elecciones es intransferible.

(Hecho con IA)

Este cuento es parte de mi libro Sabiduría Diaria

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Presentación

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Dios bendiga a todos. He creado este blog con la intención de publicar mis poemas inspirados por Dios a través de su Espíritu Santo, que act...