¿Acaso no está llamando la sabiduría? ¿No está elevando su voz la inteligencia? … Vale más la sabiduría que las piedras preciosas, y ni lo más deseable se le compara. Proverbios 8:1,11
Laís estaba en una encrucijada, pero no en una calle de verdad. Era una encrucijada silenciosa, en medio de la cocina de su lujosa casa, mientras preparaba el desayuno para su marido, Rubens. Por un lado, el camino de la seguridad: una vida de confort material, estatus social y la estabilidad que Rubens le ofrecía. Por el otro lado, un camino incierto, cubierto de niebla, que prometía solo una cosa: recuperar su propia alma.
Rubens no era un monstruo. Era peor. Era un maestro de la manipulación sutil. Sus críticas venían disfrazadas de “cuidado”, su control, de “protección”.
“¿De verdad vas a usar esa ropa, mi amor? No te favorece”, decía, minando su confianza. “Deja que yo me ocupe de las finanzas. Tú no tienes cabeza para eso”, insistía, manteniéndola en una dependencia infantil.
La voz de la sabiduría, sin embargo, clamaba. No gritaba; susurraba.
Llamaba en “los lugares altos” de su memoria: el recuerdo de la mujer fuerte e independiente que era antes de casarse, la profesional competente que había abandonado su carrera a petición de él.
Estaba “en el camino” en sus idas a la librería, donde sus ojos se sentían atraídos por libros sobre relaciones y autoestima. Los hojeaba a escondidas, sintiendo una mezcla de vergüenza y reconocimiento.
Estaba “a la entrada de la ciudad”, en la voz de su hermana, que le decía por teléfono: “Laís, eso no es normal. El amor no menosprecia, no aprisiona”.
Y gritaba “a las puertas”, en la mirada preocupada de sus pocos amigos, a quienes Rubens había alejado sutilmente de su vida.
Pero la voz del miedo gritaba más alto. El miedo a la incertidumbre, a no poder mantenerse, a ser juzgada por la sociedad, a quedarse sola. La plata y el oro del estilo de vida que Rubens le proporcionaba parecían más valiosos que la instrucción que su alma anhelaba.
El punto de quiebre llegó un martes por la noche. Rubens había organizado una cena para un cliente potencial. Laís pasó todo el día preparándolo todo. Durante la cena, ella se atrevió a disentir de un punto de vista político de Rubens. Fue un desacuerdo leve, educado.
Más tarde, después de que el invitado se fuera, la furia de Rubens llegó, fría y cortante.
“Me has humillado”, dijo él, con voz baja. “Me hiciste parecer un tonto delante de un hombre importante. ¿Quién te crees que eres para tener una opinión?”.
Esa noche, Laís no durmió. Sus palabras resonaban en su mente. Se dio cuenta, con una claridad dolorosa, de que él no la amaba. La poseía. Y el precio de su seguridad era su silencio, su identidad.
A la mañana siguiente, en la cocina, mientras el aroma del café se mezclaba con el olor de su angustia, se vio en la encrucijada final. La voz de la sabiduría clamaba más alto que nunca, ya no como un susurro, sino como un grito de alerta.
Miró el coche de lujo en el garaje, los muebles caros, el oro en su dedo. Y, por primera vez, los vio por lo que eran: cargas, no premios.
Se quitó el delantal. Fue a la habitación, tomó una pequeña maleta y metió dentro solo lo esencial. Dejó el anillo de diamantes sobre la cama. Al salir por la puerta principal, sintió un terror paralizante, pero también una ráfaga de aire puro, como si estuviera emergiendo de un lugar sumergido.
El camino ante ella era desconocido. No tenía trabajo, ni casa, ni un plan. Pero se tenía a sí misma. Y había elegido. Había elegido la instrucción en lugar de la plata, el conocimiento en lugar del oro. Había elegido la sabiduría. Y, aunque no sabía hacia dónde se dirigía, por primera vez en muchos años, sentía que estaba, por fin, en el camino correcto.
(Hecho con IA)
Este cuento es parte de mi libro Sabiduría Diaria






