Yo, la sabiduría, convivo con la prudencia y poseo conocimiento y discreción … El Señor me dio la vida como primicia de sus obras, mucho antes de sus obras de antaño … antes que él creara la tierra y sus paisajes y el polvo primordial con que hizo el mundo … me regocijaba en el mundo que él creó; ¡en el género humano me deleitaba! Proverbios 8:12, 22, 26, 31
El astillero del maestro Francisco olía a brisa marina, a madera y a eternidad. Francisco, un hombre cuyas arrugas parecían el mapa de todos los mares que nunca había navegado, pasaba sus días en una danza lenta y deliberada, transformando tablones de roble en el esqueleto de un nuevo barco de pesca.
Su único visitante constante era Toni, un niño de ocho años con los ojos llenos de porqués. A Toni no le interesaban los juguetes; le interesaba el orden de las cosas.
“Maestro Francisco”, preguntó Toni un día, mientras observaba al viejo artesano encajar una cuaderna con precisión milimétrica. “¿Por qué flota el barco?”.
Francisco no detuvo su trabajo.
“Porque lo diseñé para eso, mi pequeño. Conozco el peso de la madera, la fuerza del agua. Sigo un plano. Si pusiera las piezas de cualquier manera, se hundiría”.
El niño se quedó en silencio por un momento, procesando.
“¿Es por eso que las nubes flotan y las piedras se hunden?”, preguntó.
Francisco sonrió. Amaba la mente de ese niño.
“Exactamente. Dios, el Gran Constructor, también tenía un plano. Él estableció los cielos con un entendimiento que apenas podemos imaginar. Cada cosa en su debido lugar”.
Toni señaló el mar, que rompía rítmicamente en la playa, a pocos metros de allí.
“¿Y el mar? ¿Por qué se detiene ahí? ¿Por qué no continúa y se lo traga todo?”.
Francisco dejó el martillo y se sentó en un taburete de madera, invitando al niño a sentarse a su lado.
“Ah, esa es una de mis partes favoritas de la historia”, dijo el anciano. “Cuando Dios diseñó el mundo, la Sabiduría estaba con Él. Como una arquitecta, una maestra de obras. Ella estaba allí cuando Él afirmó las nubes en lo alto y fijó las fuentes del abismo. Y fue ella quien le dijo al mar: ‘De aquí no pasarás. Aquí se quebrarán tus orgullosas olas’”.
Hablaba no como quien recita un dogma, sino como quien cuenta el secreto de una gran obra de arte.
“La Sabiduría no es solo un montón de reglas, Toni. Es el equilibrio. Es el diseño. Es la razón por la que el mundo no es un caos. Ella se deleitaba en la presencia del Constructor, y la alegría de ellos era tan grande que se desbordó y creó todo lo que vemos”.
Toni se miró sus propias manos pequeñas, luego las manos curtidas de Francisco.
“Entonces, cuando usted construye el barco, ¿está usando un poquito de esa misma Sabiduría?”.
Los ojos de Francisco brillaron. El niño había entendido.
“Sí, hijo mío. Es exactamente eso. Cada vez que un carpintero elige la madera correcta, cada vez que un agricultor siembra en la estación correcta, cada vez que una madre le enseña a su hijo a ser amable… todos nosotros estamos usando un fragmento de aquella misma Arquitecta que se regocijaba con el Creador al principio de los tiempos. Y nuestro mayor placer”, dijo, alborotando el cabello de Toni, “es ver a hijos, como tú, aprendiendo a admirarla”.
Toni no entendió todas las palabras, pero entendió el sentimiento. Miró el esqueleto del barco, el mar, las nubes. Y, por primera vez, no vio solo cosas. Vio un proyecto. Un plan magnífico, desde la concha más pequeña en la arena hasta la estrella más grande en el cielo. Y, en el corazón de ese proyecto, sintió la presencia de una alegría antigua, la misma alegría que ahora sentía al lado del viejo constructor de barcos.
(Hecho con IA)
Este cuento es parte de mi libro Sabiduría Diaria


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