A menudo, vemos a alguien perdido y queremos juzgar,
No extendemos nuestra mano para ayudar.
Nuestro corazón quiere mostrar superioridad,
Pensamos estar libres de culpa y responsabilidad.
¡Somos hipócritas! No hacemos diferencia en la sociedad,
Afirmamos que ya estamos salvos y somos dueños de la verdad.
Nuestros corazones están tomados por la arrogancia y el egoísmo,
Decimos que somos hijos de Dios, pero no somos como Cristo.
Dejamos que el orgullo, la prepotencia y la presunción nos dominar,
Andamos por el mundo, pero no tenemos el coraje de evangelizar.
Preferimos dejar que los perdidos mueran y después lamentarlos,
Lloramos a los muertos, pero a los vivos, no fuimos a ayudarlos.
Todos los días muchos son lanzados al infierno,
Debido a nuestra omisión, muchos van al tormento eterno.
Son personas como tú y yo, que podrían tener la oportunidad de salvación,
Pero debido a nuestra negligencia, estarán siempre en la condenación.
El corazón de muchos cristianos debe ser arrancado,
Es preciso insertar uno nuevo, renovado y transformado.
Un corazón que dé la propia vida para salvar a un perdido,
Un corazón que vea el interior, un corazón piadoso como el de Cristo.
Este poema es parte del libro Poesía Cristiana volumen VI.
Vea el libro:

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