miércoles, 11 de febrero de 2026

El Precio que No se Paga

Hijo mío, obedece el mandamiento de tu padre y no abandones la enseñanza de tu madre … El mandamiento es una lámpara, la enseñanza es una luz y la disciplina que corrige es camino de vida. Te protegerán de la mujer malvada, de la mujer ajena y de su lengua seductora … Pero al que comete adulterio le falta el juicio; el que así actúa se destruye a sí mismo. No sacará más que golpes y vergüenzas, y no podrá borrar su oprobio. Proverbios 6:20, 23-24, 32-33

La aventura de Guilherme con Juliana no comenzó con una pasión arrolladora, sino con aburrimiento. Él era un arquitecto talentoso, casado con una mujer buena y amable. Pero su matrimonio se había vuelto demasiado cómodo, demasiado predecible. Juliana era la esposa de su mejor amigo y socio, Anderson. Y ella era fuego. Una conversación inteligente, una sonrisa atrevida, un toque “accidental” en el brazo durante una reunión.

Él sabía que estaba caminando sobre brasas. Cada café secreto, cada mensaje borrado, era una brasa viva bajo la suela de sus zapatos. Al principio, la emoción del peligro lo adormecía, lo hacía sentirse vivo. Se decía a sí mismo que era un rompe hogares, pero que era lo suficientemente inteligente como para que no lo atraparan.

Pero el fuego que se toma en el pecho, inevitablemente, quema la ropa. El secreto comenzó a consumirlo. Se volvió irritable en casa, ausente. Mentirle a su esposa, antes impensable, se convirtió en su segunda naturaleza. Mentirle a Anderson, el hombre que confiaba en él como un hermano, lo corroía con una culpa ácida. La deshonra, la vergüenza, incluso antes de ser descubierta, ya era una mancha en su alma que no se borraba.

El descubrimiento, cuando llegó, no fue a través de un encuentro flagrante, sino de algo mucho peor: la fría intuición de Anderson. Él era un hombre metódico y observador. Comenzó a notar las miradas, el cambio en los horarios de Guilherme, la forma en que Juliana evitaba su contacto. No explotó. Investigó.

Anderson contrató a un detective privado. En una semana, lo tenía todo: fotos, registros de llamadas, la dirección del apartamento donde se encontraban. Tenía la prueba de la traición de su mejor amigo y de su esposa.

Guilherme solo supo que el juego había terminado cuando llegó a trabajar el lunes y encontró su despacho vacío. Sus proyectos, sus archivos, sus pertenencias personales, todo en cajas de cartón en el pasillo. Anderson lo esperaba en la sala de reuniones. Sus ojos no contenían odio, sino un hielo cortante que era mucho más aterrador.

“Se acabó, Guilherme”, dijo Anderson, con la voz baja y controlada. Arrojó un sobre marrón sobre la mesa. Dentro, las fotos.

El pánico se apoderó de Guilherme. Comenzó a suplicar. “Anderson, perdóname. Fue un error, una locura. Puedo arreglarlo. Yo pago. ¿Qué quieres? ¿Dinero? Te doy mi parte de la sociedad. ¡Haré cualquier cosa!”.

Estaba actuando como un ladrón atrapado in fraganti, tratando de restituir lo que robó para escapar del castigo.

Anderson rio. Una risa seca, sin alegría.

“No lo entiendes, ¿verdad? Si me hubieras robado mi dinero, podríamos llegar a un acuerdo. Pero me robaste mi honor. Mi vida. Y para eso”, se inclinó sobre la mesa, los celos transformando su rostro, “no hay rescate. No hay precio”.

La furia del hombre traicionado no fue un puñetazo en la cara. Fue una venganza meticulosamente ejecutada. Anderson usó las mismas fotos para iniciar un proceso de divorcio contencioso contra Juliana, dejándola sin nada. Convocó una reunión de emergencia con los clientes, no para exponer la aventura, sino para anunciar la “salida repentina” de Guilherme de la sociedad por “incompatibilidad profesional”, insinuando incompetencia. Envió copias anónimas de las fotos a la esposa de Guilherme.

En cuestión de semanas, la vida de Guilherme fue sistemáticamente aniquilada. Perdió su trabajo, su reputación, a su esposa y a su mejor amigo. Se convirtió en un paria en la ciudad. La herida que causó generó una furia que no escatimó en el castigo.

Años después, trabajando como dibujante freelance en otra ciudad, bajo otro nombre, Guilherme a veces se miraba en el espejo. La mancha de la vergüenza nunca había desaparecido. Entendió, de la forma más brutal, la verdad de la vida. Se puede restituir lo que se roba. Pero hay ciertas cosas que, una vez rotas, nunca pueden ser pagadas o reparadas. El fuego que se puso en el pecho lo había quemado todo, y las cenizas eran todo lo que le quedaba.

(Hecho con IA)

Este cuento es parte de mi libro Sabiduría Diaria

https://books2read.com/u/bpPxxE

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